Cuando era adolescente y mi madre me mandaba a
hacer las tortillas de maíz o de harina de la cena, siempre me quejaba, y le decía
a voz en cuello que cuando me casara me aseguraría de casarme con un hombre al
que no le gustaran las tortillas de maíz ni de ningún tipo, pues odiaba
hacerlas.
Quien me
conoce sabe que suelo cumplir con la mayoría de mis objetivos, y ese l cumplí
lindamente, me he casado con un brasileño que no come tortillas, vivo en un país
donde encuentro harina de maíz casi en todas sus formas menos en la que necesitaría
para hacer tortillas.
Todo esto sería
perfecto si siguiera aferrada a mi decisión adolescente, pero no contaba con lo
fuerte que jalan las raíces, con la nostalgia de la comida de mi infancia, con
el consuelo infinito que siente mi alma cuando pruebo algo que me devuelve en un
instante a la tierra que amo.
Así que aquí
estaba yo, imaginando mi vida en Brasil sin comer tortillas, y las otras
delicias de las que me acordaba, muchas que nunca había hecho en cuanto vivía en
Honduras, pero que en mi deseo estaba dispuesta hasta a buscarme la receta y
ponerme manos a la obra, sin importar el sacrificio incluido en mis próximas aventuras
culinarias.
Mi hermana
me trajo desde Argentina de regalo de navidad, un molino, así es un molino de
manivela, de los que había en la casa de mi abuela cuando yo era niña, casi
lloré de la emoción, y de chascada un comal esmaltado, porque molino sin comal
nada hacíamos, me enseño una receta para hacer mantequilla baja en grasa, y nos
pasamos dos meses dándole buen uso a la memoria culinaria heredada de nuestra
madre que a gritos nos hacía ir a la cocina “Para que aprendan, porque después van
a estar muriéndose de las ganas de comer esto, y no van a encontrar quien les
haga”.
¡Qué razón tenía!
He hecho
varias moliendas, congelo las tortillas hechas, y las guardo como un tesoro,
mis amigas brasileñas me ven con cara de espanto cuando les digo que cocino el maíz
en agua alcalina para poder hacer la masa, (Agua con cal) y me preguntan cómo
puedo comerme esas “tortilhas” tan extrañas, yo me hecho a reír y recuerdo a mi
sabia madre gritando desde nuestra cocina “Ya te voy a ver, muerta del antojo
al otro lado del mundo, y no voy a estar yo para hacerte las tortillas, veni
aprende”,

