Coral era su nombre, tomado de la majestuosa
playa donde había aprendido a dar sus primeros pasos, impetuosa, marcada por la
arena blanca que la hacía soñar con una nieve lejana.
Coral había nacido en una casa humilde, de pescadores,
donde no le habían enseñado el miedo, su valentía asombraba sobre todo en
cuanto al mar se refería, nadaba, y se andaba el mar tan bien como la tierra,
moviéndose entre esos dos mundos como una hermosa sirena, sin ánimos de
competir más que con ella misma.
Cuando sus padres murieron, dejándole como
legado su casita blanca, una red y una pequeña barca, nadie puso un duda que
seguiría desafiando las olas, y el sol ardiente. Coral era ante todo un alma
apasionada, le gustaba el azul del cielo y el dorado de su piel, tanto como los
cantos de las gaviotas que le recordaban que aún podía sentirse feliz.
No todos estaban felices por su ingenua
valentía, no todos asumían que ella podía seguir con su vida, y atreverse a
cruzar los horizontes. Intentaron trasmitirles sus miedos, sus más profundos
temores, todos los peligros a los que se enfrentaban, lo real que era ese mundo
en el que ella parecía no vivir, por su sonrisa siempre fresca, por el amor que
mostraba y por el desdén con que se enfrentaba a las olas más altas.
Pero un día una ola fue más grande que ella,
cayó a las profundidades y lucho con fuerza, pero no pudo, la oscuridad la
cubrió por completo, las hermosas rocas vivientes de las cuales se había tomado
su nombre, la hirieron, sangrante y desvalida, el mar que tanto amaba depósito
en la playa su precioso tesoro, lánguida, herida, vencida.
Mientras recobraba la conciencia y el sol le
abrumaba las heridas, fue consciente por primera vez en su existencia de lo
sola que estaba, a su alrededor dedos acusadores le señalaban que siempre había
estado equivocada en su forma de vivir, y mientras estaba allí sin nadie que
defendiera su causa, se pregunto por
primera vez si ella podía haberse equivocado al creer en las alas de las
mariposas, en las algas que le acariciaban los pies, y los atardeceres de fuego
que le prometían siempre un amanecer cargado de sueños.
Y fue entonces cuando recordó, y una voz lejana
le hizo eco en la memoria… era la voz de su padre, uno de esos atardeceres
junto al mar que amaba, mientras la tomaba en sus brazos, su voz agrietada por
los años le dijo suavemente…
“Mi hermosa coral, jamás te permitas robar los
sueños. Muchos lo intentaran, el mismo tiempo querrá que te conviertas en un
ser lleno de miedos, ten siempre la certeza de que no estás sola, que tienes a
Dios y a ti misma. Te crie para ser valiente, para que ames con todas tus
fuerzas y que seas capaz de amar así la calma del mar que inspira poesía como la tormenta que alimenta las más grandes
hazañas… Coral, hija mía, ten siempre fe
en lo bueno, en lo que los demás se niegan a ver por qué el temor a salir
heridos es más grande… da el paso amada mía, te caerás y más de alguna vez
saldrás lastimada, pero ten por seguro que al final, si perseveras, vencerás”
Abrió los ojos mientras una sonrisa se dibujaba
en su rostro, se encontraba sola en la playa… sus miedos había desaparecido y
el sol que antes la hería, ahora se había convertido en una promesa ¡Vencerás!
María Pavón
Escribí este relato entre el 2008 y el 2009, por alguna razón al volverlo a leer después de todos estos años, me ha llenado los ojos de lagrimas felices, al entender que en realidad vivimos con una Coral dentro, valiente y deseosa de vivir la vida tal y como la concibe, solo necesitamos dejarla respirar y darle espacio en nuestra ocupada agenda, hacernos con su coraje y vencer.

