martes, 6 de diciembre de 2016

Coral entre las olas




Coral era su nombre, tomado de la majestuosa playa donde había aprendido a dar sus primeros pasos, impetuosa, marcada por la arena blanca que la hacía soñar con una nieve lejana.
Coral había nacido en una casa humilde, de pescadores, donde no le habían enseñado el miedo, su valentía asombraba sobre todo en cuanto al mar se refería, nadaba, y se andaba el mar tan bien como la tierra, moviéndose entre esos dos mundos como una hermosa sirena, sin ánimos de competir más que con ella misma.

Cuando sus padres murieron, dejándole como legado su casita blanca, una red y una pequeña barca, nadie puso un duda que seguiría desafiando las olas, y el sol ardiente. Coral era ante todo un alma apasionada, le gustaba el azul del cielo y el dorado de su piel, tanto como los cantos de las gaviotas que le recordaban que aún podía sentirse feliz. 

No todos estaban felices por su ingenua valentía, no todos asumían que ella podía seguir con su vida, y atreverse a cruzar los horizontes. Intentaron trasmitirles sus miedos, sus más profundos temores, todos los peligros a los que se enfrentaban, lo real que era ese mundo en el que ella parecía no vivir, por su sonrisa siempre fresca, por el amor que mostraba y por el desdén con que se enfrentaba  a las olas más altas.

Pero un día una ola fue más grande que ella, cayó a las profundidades y lucho con fuerza, pero no pudo, la oscuridad la cubrió por completo, las hermosas rocas vivientes de las cuales se había tomado su nombre, la hirieron, sangrante y desvalida, el mar que tanto amaba depósito en la playa su precioso tesoro, lánguida, herida, vencida.

Mientras recobraba la conciencia y el sol le abrumaba las heridas, fue consciente por primera vez en su existencia de lo sola que estaba, a su alrededor dedos acusadores le señalaban que siempre había estado equivocada en su forma de vivir, y mientras estaba allí sin nadie que defendiera su causa,  se pregunto por primera vez si ella podía haberse equivocado al creer en las alas de las mariposas, en las algas que le acariciaban los pies, y los atardeceres de fuego que le prometían siempre un amanecer cargado de sueños.

Y fue entonces cuando recordó, y una voz lejana le hizo eco en la memoria… era la voz de su padre, uno de esos atardeceres junto al mar que amaba, mientras la tomaba en sus brazos, su voz agrietada por los años le dijo suavemente…

“Mi hermosa coral, jamás te permitas robar los sueños. Muchos lo intentaran, el mismo tiempo querrá que te conviertas en un ser lleno de miedos, ten siempre la certeza de que no estás sola, que tienes a Dios y a ti misma. Te crie para ser valiente, para que ames con todas tus fuerzas y que seas capaz de amar así la calma del mar que inspira poesía  como la tormenta que alimenta las más grandes hazañas…  Coral, hija mía, ten siempre fe en lo bueno, en lo que los demás se niegan a ver por qué el temor a salir heridos es más grande… da el paso amada mía, te caerás y más de alguna vez saldrás lastimada, pero ten por seguro que al final, si perseveras, vencerás”


Abrió los ojos mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro, se encontraba sola en la playa… sus miedos había desaparecido y el sol que antes la hería, ahora se había convertido en una promesa ¡Vencerás!

 María Pavón


Escribí este relato entre el 2008 y el 2009, por alguna razón al volverlo a leer después de todos estos años, me ha llenado los ojos de lagrimas felices, al entender que en realidad vivimos con una Coral dentro, valiente y deseosa de vivir la vida tal y como la concibe, solo necesitamos dejarla respirar y darle espacio en nuestra ocupada agenda, hacernos con su coraje y vencer.